La
identidad y alteridad
Tanto la
identidad como la alteridad son dos conceptos que se tratan por separado sólo
tiene sentido a modo de aclaración de términos y análisis de estos, pero en
realidad son conceptos inseparables y complementarios. Pero la reflexión sobre
la identidad nos lleva a abordar la relación entre los conceptos de identidad y
alteridad, pues el uno depende del otro, o lo que es lo mismo, el uno no es
posible sin el otro. Es en la relación del yo con el otro,
del nosotros con ellos, donde nos construimos como personas,
culturas y sociedades, desde una perspectiva sociológica.
Entonces,
la identidad personal distingue a un ser humano de sus semejantes y tiene como
punto de partida las vivencias de la persona y las experiencias que va
acumulando en su proceso de aprendizaje interactuando con la familia, la
escuela, los grupos de amigos, las distintas figuras personales e
institucionales que le servirán de modelos, los medios de comunicación, las
redes sociales, entre otros.
Aquí es lo que define lo que Patricio Guerrero
Arias, en su libro La Cultura: Estrategias conceptuales para entender
la identidad, la diversidad, la alteridad y la diferencia,
define a las identidades, en primer lugar, como construcciones sociales, es
decir, que las sociedades las construyen en procesos históricos. En segundo
lugar, la identidad esta asociada con un sistema de relaciones entre una cosa y
otra; y al mismo tiempo representan relaciones con los miembros de una familia,
por ejemplo, papá o mamá. También menciona que las identidades son el
resultante de interacciones negociaciones e intercambios materiales y
simbólicos, es decir, están actuando con otras identidades con quienes
intercambian elementos.
Es importante aclarar que la
identidad es un proceso personal se desarrolla en el marco de un grupo como la
familia, la comunidad y la nación, que influyen de gran manera los procesos
personales, como el de ser mujer en América Latina que en Medio Oriente.
En cambio,
la alteridad es un principio filosófico que representa la capacidad y necesidad
que deben tener las personas para entablar un conocimiento mutuo con el “otro”
y, por consiguiente, un conocimiento “del nosotros”. Es decir, es la ruptura con la mismidad, lo que
supone aceptar la existencia de “lo otro”; aceptar la existencia de diversos
mundos, cuya convivencia no sólo sea posible, sino necesaria y enriquecedora. Más
hay que entenderlo desde una perspectiva fraternal, donde el término amor por
“el otro” prepondere por encima de las culturas, de los colores, de los
géneros, de las ideologías, de las religiones, ya que todos somos iguales,
vivimos en el mismo planeta y compartimos el objetivo común de la búsqueda de
la felicidad, de la posesión de la dignidad y de los derechos inalienables.
Algún, que aún al ser humano le cuesta aceptar.
En una comunidad vemos
elementos compartidos por todos, pero al mismo tiempo vemos elementos propios
de pequeños grupos. Por ejemplo, la comunidad campesina, el uso del sombrero
para los adultos y gorras para los chavalos, los tipos de música según la edad.
Para concluir, es válido analizar si la identidad
y la alteridad se concluye necesariamente en que las diferencias enriquecen. Me
adelanto a responder que hay quien plantea que claramente sí, hay quien lo niega y
hay quien sostiene que no hay una necesidad lógica entre el análisis y la
conclusión, sino una opción ética basada en valores y razones. Lo que, si no es discutible que el primer
campo de la identidad es uno mismo, somo un producto de un proceso cultura y
que la identidad y alteridad se entienden como conceptos interdependientes,
complementarios, de una naturaleza relacional y relativa.
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